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Carlos Blanco  - El Nacional

De cuando en cuando se abre el armario y sale el duendecillo electoral a cautivar a unos y a espantar a otros. Se abre la discusión en todas las calles del pueblo sobre si vamos o no vamos; o cómo vamos si vamos o cómo no vamos si no vamos. Mientras tanto, los juramentados con echar a andar el asunto se reúnen, se postulan y la fiebre va en ascenso en la medida en que gentes de todos los confines descubren su inmarcesible vocación de servicio público. Siempre recuerdan a aquel prócer venezolano que nunca quería postularse a algo pero lo hacía siempre porque “en todas partes me lo piden”.

Hay que repetirlo para que los necios que creen que la opción que propone quien esto escribe es la del desembarco de los Marines por Playa Colorada. Las elecciones son el mecanismo democrático insustituible para dirimir controversias en torno a quién comanda el Estado; constituyen la manera pacífica y organizada de relevo institucional y garantizan que los ciudadanos tengan la palabra a la hora de decidir el tipo de gobierno que quieren. Claro, con una pequeña observación: siempre que haya democracia. En su marco no vale desenvainar la espada ni traquetear el fusil para ser escuchado. No hay otro objetivo que ganar las elecciones para implementar programas de gobierno ni hay otro método que organizarse, normalmente en partidos políticos, para alcanzar el propósito.

Diferente es la cuestión en el marco de una tiranía como la que ejerce la corporación criminal en el poder en Venezuela. Se ha hecho obvio que la banda de Miraflores no dejará el poder a menos que se le disuada. No aceptará competencia a menos que sea lo menos costoso. No admitirá otro destino sin que la fuerza los convenza. Todo esto lo sabe casi el planeta entero salvo el buenismo pánfilo que le cuesta aceptar la existencia de una dictadura en el país. En el marco de la criminalidad al mando, las elecciones pueden cumplir una función para los demócratas, como ha ocurrido en varias oportunidades en las que se ha calculado –bien o mal–que había chance de desestabilizarlos y comenzar a construir un poder alternativo, desde la calle y con un pie en las instituciones sobrevivientes.

En otras situaciones se ha optado por la abstención que ha sido masiva e indiscutible y que ha producido la deslegitimación de las instituciones que se querían relegitimar. Así ocurrió en la abstención de 2005 con la Asamblea Nacional, la elección pillada por Maduro en 2018 y la última comparsa de diciembre de 2020. La abstención fue la política que unificó a la mayor parte de la disidencia democrática.

En términos de resultados ambas avenidas electorales transitadas –la de la participación y la de la abstención– han dado éxitos inmediatos y derrotas estratégicas. ¿La razón? Ninguna de esas jornadas ha sido seguida por una política consistente destinada a obtener la meta que se ha proclamado: la de provocar la salida del régimen, lo que ha permitido que este anule las victorias electorales (desconocimiento de la AN, protectorados sobre gobernaciones o alcaldías opositoras o diferentes al PSUV) o las victorias abstencionistas.

Al constatar lo anterior, es evidente que el problema no está en votar o dejar de votar, sino en lo que sigue con cualquiera que sea la táctica que se adopte. Así ha ocurrido cada vez que se ha logrado una victoria y es que la oposición se divide porque, en realidad, ha compartido una táctica pero no una estrategia. Idéntico ha sido el drama con los llamados a la calle. Se sabe que han sido momentos esplendorosos y en todos, en todos, se han montado estrategias paralelas de diálogo o negociación que han dejado languidecer la calle. Se le ha usado para generar una reacción parlanchina del régimen, que una vez sentado con la oposición tertuliante, ha logrado con el concurso de esta apagar los fuegos callejeros y los espíritus sublevados.

Ahora andan varios en el plan dialogante con el régimen a fin de lograr, entre otras cosas, un entendimiento hacia las elecciones de gobernadores y alcaldes. Vuelve la burra al trigo. El régimen busca de la oposición que interceda para eliminar las sanciones y, a cambio, quiere conceder “espacios” electorales. La oposición dialogante –ahora con el extraño refuerzo de los pugnaces dirigentes de Fedecámaras– anda en plan de entendimiento; dentro de este panorama surge el propósito de lograr un Consejo Nacional Electoral “equilibrado” mientras Maduro riega señuelos en estados y pueblos para que los candidatos se animen; cosa que logran en buena medida.

Esa oposición no articula sus deseos de participación en una estrategia de victoria, de la cual esas elecciones serían un momento, sino que vuelven a ese camino desde la derrota, como quien ha sido despojado de todo menos de sus deseos completamente municipales. El discurso electoral de los proponentes es el de que como ya no nos queda nada, tiremos la parada a ver si nos colamos en la rendija que todavía Maduro no ha cerrado o que abre para cuando el vivaracho asome su naricita se la corte.

Sin duda existe una presión política para que los partidos concurran a las elecciones, sea porque se ve una oportunidad o porque no se ve otra cosa y “hay que hacer algo”. Así pensaban unos cuantos dirigentes el 6 de diciembre pasado; fueron y los trasquilaron, salvo algunos pocos que alcanzaron su objetivo: la consagración de una inmensa derrota, pero ellos viéndola como perdedores en las gradas de los ganadores.

Lo que se ha de ver no tiene mucho sentido discutirlo demasiado. Si los fundamentos que han permitido caracterizar al régimen como una corporación criminal están allí, se comportará de la misma forma aun si entrega dos posiciones de las cinco en el CNE y permite algunas gobernaciones para los que de la oposición se presenten, como ya ocurrió. Eso sí, siempre que acepten dormir en el cuarto de atrás.

¿Esto cierra todo camino a negociar? No necesariamente; pero el tema es otro y eludirlo es demasiado costoso. ¿Cuál es? Invito a mis lectores a opinar.

Radiomania no se hace responsable de los conceptos emitidos en estas columnas de opinión

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